viernes, 8 de mayo de 2009

VALLE


Cuando el calor de las ansias extrañas, interiores, se empieza a apoderar de la yema de los dedos, se debaten en mi cabeza los recuerdos de una noche parecida al día, en un lugar fijo y preciso, con sol de fondo y un paisaje rural, con tablas que rechinan y moscas en el aire. Un acrecentado olor a abandono, a intemperie polvorienta, a bocas secas y pies cansados.
Las ondas soporíferas que arrastra el viento en cada soplo sobre los montes, caducando los pensamientos acuosos que se asfixian en mis ojos, aquellos ojos cegados por los colores vivos de sus pieles, pieles rasgadas y tatuadas, ajadas, surcos en ellas, arrugas llenas de paciencia irremediable, pieles cubiertas por pieles de barro, pieles sucias y cansinas, pieles como una aparición de cuento exótico, pieles rudas, llevando gritos de guerra bajo ellas, pieles como una caída de agua dulce, pieles como las hojas de los abedules remotos, agitadas en sus remesas, pieles bajo siete llaves, pieles resguardadas del camino frenético, pieles amables, serviles y desconfiadas, pieles con un saludo formal en las esquinas, pieles que sonríen a las constelaciones que cubren el techo, pieles entre palabras toscas y gestos firmes, ajenas a lo marcial, ajenas a uniformes, sólo con sus propias dudas galopando, y con la moralina de la ley del más fuerte, sudando frío por las calles desarmadas, buscando donde ocultarse de los sonidos irreverentes, vendiendo sus almas al mejor postor, mascullando maldiciones a sus espaldas, apoyados en un ramita de parra seca.
¿Quién ha dejado abierto el grifo de las historias impropias? La puerta abierta y esperando a que vengan, a embrutecer los dientes con sus silbidos, a desear que se acabe una y otra vez el sonido del río fluyendo, hundirse de rodillas en esa arena, levantar los párpados bajo el agua, correr dentro de ti mismo, huyendo de todo lo que se era, entendiendo que aquí todo es borrón y cuenta nueva, asimilando lo fácil que es llevar tus pies al hombro y partir en busca de nuevos lechos. Dormir en el seno del peligro, allá donde nos criamos, allí donde renegamos, alimentarse de viejas canciones y poemarios, ser visitado por amigos muertos en las noches de luna nueva, con una vela cómplice para iluminar sus manos, y leer los trazos de una historia que no se acabó, reír hasta vaciar los bolsillos de todo mal, y creer en religiones pegajosas al amanecer.
Acogerse en los pastizales eternos, acariciado por flores espinosas, grillos gitanos, libélulas espantadas y cándidas mariposas. Morder un pan crujiente a media tarde, con el sol recostado sobre la cumbre, como un gato viejo que cierra los ojos hasta dormirse, conversar infructuosamente de la vida con un extraño, y decir con honestidad cada palabra, amando cada silencio, sentir pasión por la cháchara intercambiable. Dejar las posesiones en manos limosneras, aceptar cabeza gacha los regalos del Tata, y gozar las vueltas que se dan en ese laberinto olvidado de la mano de Dios, olvidado de la mano del Hombre, olvidado de la mano del Dinero, olvidado de la mano de la Cordura, y chocar placenteramente con el cielo raso, azul y magnificente que decora el firmamento.