jueves, 17 de septiembre de 2009

Puntos suspensivos ...

Mira hacia atrás, y no puede evitar sentir que ha pasado tanto tiempo. Ve a esa niña enojada que llenaba hojas y hojas de cuadernos con sangre y palabras de rabia y desesperación; ve a esa joven que creía que podía cambiar las cosas, que tenía principios e intentaba seguirlos, que se plantaba frente al mundo sin miedo; ve las noches de juntas llenas de catarsis colectiva en medio de música y alcohol; ve a aquellos que estuvieron y se fueron, e imagina a aquellos que están pero también se irán.

Ve el patio de su abuela a los 5 años, el columpio debajo del ciruelo y al lado de la higuera, ella columpiándose en pijamas en plena mañana sintiendo que no necesitaba nada más, mientras todos dormían.

Ve aquella tarde en que irían a comprar un camarote para ella y su hermano, pero papá se desmayo en la ducha por lo que nunca salieron de la casa, recuerda lo enojada que estaba, no por lo que le paso al padre, sino porque no dormiría en cama nueva esa noche o la siguiente.

Ve la pieza, recuerda el alivio que le causa la hoja al pasar por su piel y la tranquilidad que el hilito rojizo le provoca, luego el adormecimiento, la costra y finalmente la cicatriz permanente.

Ve sus momentos con él, los buenos y los malos, las miradas al dormitar, el primer “te quiero” y el “no quiero volver a verte más”. Recuerda sus ojos comprensivos al verle los brazos y el sentimiento único de estar solos pero acompañados.

Recuerda las noches sin sueño y los días con llanto; ve a su hermano inconsciente con el frasco de pastillas vacío en la mano, la mirada de confusión de su madre y recuerda el roce que la barba de su papá producía en su mejilla al abrazarla.

Recuerda las risas, las miradas cómplices, los momentos cíclope, sí, los momentos cíclopes que tuvo en su vida siempre fueron mágicos. Ve las miradas gatunas y los ronroneos agradecidos, recuerda la sensación de las pequeñas almohaditas.

Ve a todas las que algún día fue, con cierta añoranza, con la pregunta constante ¿Dónde están? No puede evitar sentir que ha pasado demasiado tiempo, que está cansada de seguir usando ese traje de mujer normal, que extraña demasiado a aquellas que solía ser, porque ellas sentían, de verdad sentían. No como su yo actual, que al parecer ha perdido esa capacidad. Si, no puede evitar sentir que ha pasado demasiado tiempo, y no puede evitar preguntarse ¿en qué momento me convertí en esta? ...

domingo, 6 de septiembre de 2009

Minoría 14.390

Cuando yo iba apenas,
ya todos venían de vuelta.
Me sentí tan solo entonces
que empecé a caminar de espaldas.
Las miradas se volvieron,
los rostros estupefactos.
Observaron perdidos y
con desconcierto.
Ahora que ya entendieron.-
grité a carcajadas-.
Jódanse, hijos de puta"!

(16/08/09)

sábado, 5 de septiembre de 2009

Anti-compostura


De vez en cuando, entre el zumbido de las moscas en el aire, el profesor hablando con el sonido apagado enfrente tuyo, o cuando a otros el trabajo tedioso los hace mirar el reloj una y otra vez, mientras una musiquilla de "ambiente" llena los oídos de la gente con mierda continua y consumible. Entonces, con todo el estúpido presente metiendose por los orificios de las narices, inundate hasta ahogarte la magia del momento, el "carpe diem" que nunca fue, suelo tener desvaríos extraños, rememoro lugares en los que alguna vez me caí.


Vuelve particularmente a mi memoria, con una nostalgia poco recomendable y poco convencional, las noches de tokata, esas mochas sudorosas y rabiosas, con el grito pelado, el oxígeno consumido por el humo de los cigarros, y el alcohol que mojaba fácilmente los labios sedientos y tóxicos. Ah, tiempos aquellos en que me mataba con mis amigos, atiborrándome de todas esas cosas que me decían hacían mal. Disfrutaba entonces la contradicción clásica de entre más prohibido, más necesario. Me encantaba fundirme en un montón de piernas y puños agitandose violentamente, ser golpeado y golpear, recibir los empujones que les correspondían a los que eran reticentes a esos bailes, y patear a los que se estaban muy quietos. La tonta belleza de esos momentos pestilentes son los que en pequeños pero poderosos flashes vuelve a mi para atesorarla.


Supongo que mientras más rápido pasa el tiempo, más flashes en los que me veo debatiéndome en un regocijo de inmadurez, y todos los demás olvidados un poco de sí mismos, vendrán para hacerme perder el débil equilibrio que adquirí con la seriedad a palos.


Como extraño las cunetas.