lunes, 30 de noviembre de 2009

Envidiando a Bukowski

Le dije que apagara la luz al salir del baño. Mi ojo derecho me dolía, me daban ganas de sacármelo y rascarlo. No necesitaba verme al espejo para saber que mis ojos estaban rojos, con manchas dolorosas que borraban el contorno del iris. El agua, que se había mantenido caliente durante unos diez minutos, empezaba a volverse fría.
- ¿Dónde está mi chaqueta verde con cierre?- Gritó ella desde la otra habitación, como si yo fuera algún tipo de botones que guardara las chaquetas por unas míseras monedas
- ¿Cómo mierda voy a saberlo yo? Se supone que tú eres la ordenada aquí.
“Inútil” la escuché murmurar. El material de las paredes era demasiado ligero, siempre que deseaba hacerme saber algo, lo decía como si estuviese pensando en voz alta, fingiendo que no sabía que la oían.
- Busca en el segundo cajón, y tráeme otro cigarro.
- Apuesto a que no está ahí, tú no puedes encontrar nada, ni siquiera puedes encontrar tus lentes, te olvidas siempre de donde están las cosas…- Gritaba para que no se oyera tanto el sonido que hacía el mueble cuando se abría el segundo cajón desde arriba hacia abajo.
Hubo un momento de silencio, luego el rechinar de la cama, y luego, el taconeo apurado que anunciaba su entrada al baño. Traía en una mano su cartera, la dejó tirada al lado del lavamanos, y procedió a echarse sombra en los ojos, concentradísima frente al espejo mojado que colgaba a treinta y dos centímetros sobre el lavamanos.
- Te dije que me trajeras otro cigarro.
No se inmutó. Terminó primero con su sombra, y entonces volvió a la habitación, revolvió un poco la cama deshecha, y regresó con una cajetilla arrugada que colocó sobre el lavabo, al alcance de mi brazo derecho. El encendedor estaba dentro de la cajetilla. Tomé con mis dedos mojados y arrugados un cigarrillo, lo encendí, y exhalé una bocanada de humo que se sumó al vapor que humedecía el techo.
- Parece que el agua esta fría.- Me dijo, echando una breve mirada a mi cuerpo bajo el agua.

Ahora estaba encrespándose las pestañas. Sus dedos se perfilaban habilidosos sobre su rostro, y su cabello negro y revuelto caía cansado sobre sus hombros. Sus muñecas delgadas, la mitad de delgadas que sus piernas, se hallaban adornadas por pulseras de fantasía que brillaban opacas con la luz amarilla.
- ¿Te conté que he soñado mucho últimamente contigo y mis amigos?- Inmediatamente después de mencionarlo, me sentí como un idiota en una terapia psicológica. Muy tarde.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué hacía yo en tu sueño?
- Nada… estábamos todos juntos, tomando, y conversando, como antes. Después te llevaba a un lugar a solas…-Inventé.- y bueno, tú te imaginas lo que te haría en mis sueños.
- Son solo sueños…- Tenía una pequeña sonrisa. Se peinaba con sumo cuidado su cabello, siempre con la vista fija en el espejo.- ¿Y a quien más viste en el sueño?
- Algunos compañeros, tú amiga Gloria, el Jano, el Chico, la Ale, el Jorge…
- ¿El Jorge? ¿Y qué? ¿También te lo llevaste a otro lugar para tirártelo?
Lo dijo todo fríamente, sin salirse de la raya mientras se pintaba los labios. Me quedé observando la ceniza del cigarro que se disolvía en el agua, que estaba cada vez menos transparente. No quería pensar en nada, pero las imágenes eran más veloces que mi propia voluntad. Rápidamente lo vi sirviéndome un vaso de cerveza, lo vi encendiéndome el cigarro, lo vi riéndose con sus ojos cerrados…Cerré mis propios ojos para no verlo, chupé la última bocanada de humo, y hundí la cabeza en el agua, hasta casi rebalsar la tina. Pensé que si abría la boca bajo el agua, saldría humo de todos modos.
- Me voy.- La escuché decir del otro lado del agua, como desde una gran distancia. Saqué mi cabeza del agua. El jabón me entró en el ojo derecho. Mierda.
- Me voy. Deja de ser un inútil y haz otra cosa que no sea soñar con idiotas que te follan y luego te botan.
Sacó el último cigarrillo de la cajetilla, lo encendió, y se salió del baño. Dejó la luz prendida de nuevo. Unos nueve segundos después escuché como cerraba la puerta de la calle.
Miré el techo sobre mí. El vapor se había condensado y formaba grandes gotas que amenazaban con caer pero no caían. Mi ojo derecho ya no podía dolerme más. Hundí de nuevo la cabeza bajo el agua, y esta vez sí rebalsó un poco la tina. A pesar del jabón, abrí los ojos. No sé cuanto podía aguantar en esa posición, pero sentía la necesidad de hacerlo, de no salir a tomar aire, hasta que viniera de nuevo el sueño y me llevara lejos de allí.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Puntos suspensivos ...

Mira hacia atrás, y no puede evitar sentir que ha pasado tanto tiempo. Ve a esa niña enojada que llenaba hojas y hojas de cuadernos con sangre y palabras de rabia y desesperación; ve a esa joven que creía que podía cambiar las cosas, que tenía principios e intentaba seguirlos, que se plantaba frente al mundo sin miedo; ve las noches de juntas llenas de catarsis colectiva en medio de música y alcohol; ve a aquellos que estuvieron y se fueron, e imagina a aquellos que están pero también se irán.

Ve el patio de su abuela a los 5 años, el columpio debajo del ciruelo y al lado de la higuera, ella columpiándose en pijamas en plena mañana sintiendo que no necesitaba nada más, mientras todos dormían.

Ve aquella tarde en que irían a comprar un camarote para ella y su hermano, pero papá se desmayo en la ducha por lo que nunca salieron de la casa, recuerda lo enojada que estaba, no por lo que le paso al padre, sino porque no dormiría en cama nueva esa noche o la siguiente.

Ve la pieza, recuerda el alivio que le causa la hoja al pasar por su piel y la tranquilidad que el hilito rojizo le provoca, luego el adormecimiento, la costra y finalmente la cicatriz permanente.

Ve sus momentos con él, los buenos y los malos, las miradas al dormitar, el primer “te quiero” y el “no quiero volver a verte más”. Recuerda sus ojos comprensivos al verle los brazos y el sentimiento único de estar solos pero acompañados.

Recuerda las noches sin sueño y los días con llanto; ve a su hermano inconsciente con el frasco de pastillas vacío en la mano, la mirada de confusión de su madre y recuerda el roce que la barba de su papá producía en su mejilla al abrazarla.

Recuerda las risas, las miradas cómplices, los momentos cíclope, sí, los momentos cíclopes que tuvo en su vida siempre fueron mágicos. Ve las miradas gatunas y los ronroneos agradecidos, recuerda la sensación de las pequeñas almohaditas.

Ve a todas las que algún día fue, con cierta añoranza, con la pregunta constante ¿Dónde están? No puede evitar sentir que ha pasado demasiado tiempo, que está cansada de seguir usando ese traje de mujer normal, que extraña demasiado a aquellas que solía ser, porque ellas sentían, de verdad sentían. No como su yo actual, que al parecer ha perdido esa capacidad. Si, no puede evitar sentir que ha pasado demasiado tiempo, y no puede evitar preguntarse ¿en qué momento me convertí en esta? ...

domingo, 6 de septiembre de 2009

Minoría 14.390

Cuando yo iba apenas,
ya todos venían de vuelta.
Me sentí tan solo entonces
que empecé a caminar de espaldas.
Las miradas se volvieron,
los rostros estupefactos.
Observaron perdidos y
con desconcierto.
Ahora que ya entendieron.-
grité a carcajadas-.
Jódanse, hijos de puta"!

(16/08/09)

sábado, 5 de septiembre de 2009

Anti-compostura


De vez en cuando, entre el zumbido de las moscas en el aire, el profesor hablando con el sonido apagado enfrente tuyo, o cuando a otros el trabajo tedioso los hace mirar el reloj una y otra vez, mientras una musiquilla de "ambiente" llena los oídos de la gente con mierda continua y consumible. Entonces, con todo el estúpido presente metiendose por los orificios de las narices, inundate hasta ahogarte la magia del momento, el "carpe diem" que nunca fue, suelo tener desvaríos extraños, rememoro lugares en los que alguna vez me caí.


Vuelve particularmente a mi memoria, con una nostalgia poco recomendable y poco convencional, las noches de tokata, esas mochas sudorosas y rabiosas, con el grito pelado, el oxígeno consumido por el humo de los cigarros, y el alcohol que mojaba fácilmente los labios sedientos y tóxicos. Ah, tiempos aquellos en que me mataba con mis amigos, atiborrándome de todas esas cosas que me decían hacían mal. Disfrutaba entonces la contradicción clásica de entre más prohibido, más necesario. Me encantaba fundirme en un montón de piernas y puños agitandose violentamente, ser golpeado y golpear, recibir los empujones que les correspondían a los que eran reticentes a esos bailes, y patear a los que se estaban muy quietos. La tonta belleza de esos momentos pestilentes son los que en pequeños pero poderosos flashes vuelve a mi para atesorarla.


Supongo que mientras más rápido pasa el tiempo, más flashes en los que me veo debatiéndome en un regocijo de inmadurez, y todos los demás olvidados un poco de sí mismos, vendrán para hacerme perder el débil equilibrio que adquirí con la seriedad a palos.


Como extraño las cunetas.


viernes, 8 de mayo de 2009

VALLE


Cuando el calor de las ansias extrañas, interiores, se empieza a apoderar de la yema de los dedos, se debaten en mi cabeza los recuerdos de una noche parecida al día, en un lugar fijo y preciso, con sol de fondo y un paisaje rural, con tablas que rechinan y moscas en el aire. Un acrecentado olor a abandono, a intemperie polvorienta, a bocas secas y pies cansados.
Las ondas soporíferas que arrastra el viento en cada soplo sobre los montes, caducando los pensamientos acuosos que se asfixian en mis ojos, aquellos ojos cegados por los colores vivos de sus pieles, pieles rasgadas y tatuadas, ajadas, surcos en ellas, arrugas llenas de paciencia irremediable, pieles cubiertas por pieles de barro, pieles sucias y cansinas, pieles como una aparición de cuento exótico, pieles rudas, llevando gritos de guerra bajo ellas, pieles como una caída de agua dulce, pieles como las hojas de los abedules remotos, agitadas en sus remesas, pieles bajo siete llaves, pieles resguardadas del camino frenético, pieles amables, serviles y desconfiadas, pieles con un saludo formal en las esquinas, pieles que sonríen a las constelaciones que cubren el techo, pieles entre palabras toscas y gestos firmes, ajenas a lo marcial, ajenas a uniformes, sólo con sus propias dudas galopando, y con la moralina de la ley del más fuerte, sudando frío por las calles desarmadas, buscando donde ocultarse de los sonidos irreverentes, vendiendo sus almas al mejor postor, mascullando maldiciones a sus espaldas, apoyados en un ramita de parra seca.
¿Quién ha dejado abierto el grifo de las historias impropias? La puerta abierta y esperando a que vengan, a embrutecer los dientes con sus silbidos, a desear que se acabe una y otra vez el sonido del río fluyendo, hundirse de rodillas en esa arena, levantar los párpados bajo el agua, correr dentro de ti mismo, huyendo de todo lo que se era, entendiendo que aquí todo es borrón y cuenta nueva, asimilando lo fácil que es llevar tus pies al hombro y partir en busca de nuevos lechos. Dormir en el seno del peligro, allá donde nos criamos, allí donde renegamos, alimentarse de viejas canciones y poemarios, ser visitado por amigos muertos en las noches de luna nueva, con una vela cómplice para iluminar sus manos, y leer los trazos de una historia que no se acabó, reír hasta vaciar los bolsillos de todo mal, y creer en religiones pegajosas al amanecer.
Acogerse en los pastizales eternos, acariciado por flores espinosas, grillos gitanos, libélulas espantadas y cándidas mariposas. Morder un pan crujiente a media tarde, con el sol recostado sobre la cumbre, como un gato viejo que cierra los ojos hasta dormirse, conversar infructuosamente de la vida con un extraño, y decir con honestidad cada palabra, amando cada silencio, sentir pasión por la cháchara intercambiable. Dejar las posesiones en manos limosneras, aceptar cabeza gacha los regalos del Tata, y gozar las vueltas que se dan en ese laberinto olvidado de la mano de Dios, olvidado de la mano del Hombre, olvidado de la mano del Dinero, olvidado de la mano de la Cordura, y chocar placenteramente con el cielo raso, azul y magnificente que decora el firmamento.