De vez en cuando, entre el zumbido de las moscas en el aire, el profesor hablando con el sonido apagado enfrente tuyo, o cuando a otros el trabajo tedioso los hace mirar el reloj una y otra vez, mientras una musiquilla de "ambiente" llena los oídos de la gente con mierda continua y consumible. Entonces, con todo el estúpido presente metiendose por los orificios de las narices, inundate hasta ahogarte la magia del momento, el "carpe diem" que nunca fue, suelo tener desvaríos extraños, rememoro lugares en los que alguna vez me caí.
Vuelve particularmente a mi memoria, con una nostalgia poco recomendable y poco convencional, las noches de tokata, esas mochas sudorosas y rabiosas, con el grito pelado, el oxígeno consumido por el humo de los cigarros, y el alcohol que mojaba fácilmente los labios sedientos y tóxicos. Ah, tiempos aquellos en que me mataba con mis amigos, atiborrándome de todas esas cosas que me decían hacían mal. Disfrutaba entonces la contradicción clásica de entre más prohibido, más necesario. Me encantaba fundirme en un montón de piernas y puños agitandose violentamente, ser golpeado y golpear, recibir los empujones que les correspondían a los que eran reticentes a esos bailes, y patear a los que se estaban muy quietos. La tonta belleza de esos momentos pestilentes son los que en pequeños pero poderosos flashes vuelve a mi para atesorarla.
Supongo que mientras más rápido pasa el tiempo, más flashes en los que me veo debatiéndome en un regocijo de inmadurez, y todos los demás olvidados un poco de sí mismos, vendrán para hacerme perder el débil equilibrio que adquirí con la seriedad a palos.
Como extraño las cunetas.


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